Heli Armando Guillén Altúzar. Autobiografía


Nací en Comitán de Domínguez, Chiapas, el 1º de mayo de 1944. Mis padres fueron el señor Ciro Guillén Pinto y la señora Carmen Altúzar Ochoa; mi padre, de origen agricultor; y mi madre dedicada a los oficios del hogar. Considero que mi familia estaba en una posición económica y social de clase media.

Comencé mis primeras letras en la escuela Benito Juárez; en 2º grado de primaria ingresé a la escuela doctor Belisario Domínguez, más conocida como la “escuela federal”, ubicada a un costado del exconvento de Santo Domingo; ahí cursé hasta el 4° grado de primaria. De mis maestros: Walter Irecta, Oscar Flores del Barco y Edmundo Domínguez, tengo gratos recuerdos, lo mismo de mis compañeros con quienes compartí los primeros conocimientos científicos y morales. Los 5° y 6° grados de primaria los cursé en el Colegio Mariano N. Ruíz, cuyo director era monseñor Carlos J. Mandujano García; de carácter privado y de mucho prestigio en la ciudad. Ahí me hice de muchos amigos, quienes ahora son profesionales de renombre.

En virtud estudiar en un colegio católico, fui invitado por monseñor a participar como monaguillo durante esos años en los oficios religiosos del templo mayor de Santo Domingo de Guzmán, en donde era párroco. Me inclino a pensar que monseñor influyó en mí para ingresar al Seminario Conciliar, ubicado en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, ya que cada año, al egresar del sexto grado de primaria, él enviaba tres o cuatro exalumnos para estudiar el sacerdocio.

Con tan solo 13 años, el 1 de enero de 1957 ingresé al Seminario. En ese entonces, monseñor Eduardo Flores Ruíz era el rector; hombre adusto, tradicionalista, dirigía a los alumnos con mucha disciplina y austeridad, siguiendo las instrucciones del entonces obispo de Chiapas, don Lucio C. Torreblanca y Tapia, quien visitaba frecuentemente el Seminario.

Por mi corta edad, fui asignado a la división de menores y comencé los estudios en el Curso Previo; al siguiente año pasé a la división de mayores e inicié Humanidades.

Mis profesores fueron monseñor Raúl Mandujano, ya en ese entonces rector del seminario; Miguel Juárez (conocido como el “padre Miguelito”, mi guía espiritual), Roberto Solórzano, Antonio Suárez, José Tamayo, Aurelio Zapata y un civil que nos impartía matemáticas y algebra, el Ingeniero Romeo Moguel, a quien decíamos Compañero.

De mis compañeros de salón, recuerdo con cariño por su amistad, entre otros, a Benigno Nino Gómez Calymayor (+), Mario Venadito Coutiño Serrano,  Alejandro Coape Pérez Estrada (+), Jaime Pachito Rincón Gómez (+),Oscar Dominus Herrera Guillén, Ramón Castillo, ordenado sacerdote; Roberto Chanito Pompea Figueroa Pinto, Rafael Hiralda, Candelario Tío Coty Jiménez, Carlos Zebadúa León, Luciano Guzmán, Jesús Sánchez. Fuimos 21 alumnos, y la memoria no me alcanza para recordar a los restantes. Por cierto, 90% de los sobrenombres lo puso el compañero Guadalupe Chicatimba Méndez Toscano (+), quien iba un año adelante de nosotros. A mí me apodaban Medidor, Caballito y Su eminencia.

En ese tiempo, se acostumbraba que cada salón de clases tuviera un santo patrono; mi grupo escogió a la Virgen de Guadalupe como nuestra protectora; su imagen la donó al grupo don Carlos Zebadúa, papá de Carlitos Zebadúa León (+), compañero nuestro.

En los tiempos del Seminario, jueves y domingos salíamos a jugar futbol y beisbol en los campos junto a la pista aérea de San Cristóbal; terminando los partidos nos dirigíamos al Cubito para nadar en su agua helada y para remar canoa en el canal que aún existe. De hecho, ahí aprendí a nadar.

Anécdotas

Del tiempo que estuve en el Seminario, llegan a mi mente varios recuerdos que quiero compartir con ustedes, a manera de anécdotas.

En diciembre de 1959, nos dirigíamos en fila hacia la capilla para el rezo del Rosario y pedir la tradicional posada de los Santos Peregrinos. Jóvenes inquietos, hicimos relajo con el canto de la posada; pero, no contábamos con que atrás de nosotros venía el padre Magín Torreblanca, a quien le teníamos mucho respeto y pavor por ser demasiado estricto en la disciplina.

Él nos marcó el alto a las 7:30 pm, y nos dejó parados en una de las canchas de basquetbol contiguas a la capilla. Estuvimos parados hasta las 10:30 pm, hora en que apareció monseñor Raúl Mandujano, el rector; enterado de los sucesos, nos mandó a dormir. Esa noche se quedó la cena puesta en el comedor.

Recuerdo también que estando de descanso en la casa vacacional de Tzimol, fuimos invitados por el párroco de Trinitaria para jugar futbol y basquetbol con jóvenes de su comunidad. Después de los juegos y de disfrutar de los alimentos, emprendimos el largo regreso a pie a nuestra casa vacacional, que quedaba a una distancia de aproximadamente 20 kilómetros

A campo traviesa pasamos los llanos de la zona en donde abundaban malezas, cardos y tunas que por su naturaleza tienen muchas espinas; a medio camino nos entró la noche, por lo que ya no veíamos el sendero; caminamos a ciegas, solo por instinto. El compañero Candelario Jiménez se cayó sentado sobre un nopal, quedándole muchas espinas en las posaderas; a sus gritos de dolor, reaccionamos todos y dijimos al padre prefecto Heberto Morales Constantino, cabeza del grupo, que habíamos perdido el camino.

Su respuesta fue: “Ustedes me siguen aunque vayamos a parar a la chingada”. Nadie osó hablar durante el resto del camino. Así llegamos a casa, como a las 11:00 de la noche. Valga decir que todos terminamos espinados, pero el único que sufrió mayores consecuencias fue el compañero Candelario, quien fue llevado directamente a la enfermería para arrancarle las espinas por el enfermero Roberto Copoya, Copoyita.

Al terminar el ciclo escolar del 2° grado de humanidades, solicité mi baja para retornar a mi ciudad natal. Para no abandonar los estudios en el Seminario, monseñor. Raúl me ofreció enviarme a estudiar al Pio Latino en Italia o a Innsbruck, al Oeste de Austria, para continuar con mis estudios de Filosofía y Teología. Agradecí su buena disposición para conmigo, y le dije que no quería ser sacerdote. Me despedí de mis compañeros y regresé a casa en compañía del padre Antonio Suárez.

Vida civil

Mientras me ambientaba a la vida civil, por mi relación con el párroco Carlos J. Mandujano y el vicario Moisés Tovilla, comencé a ayudarlos en la realización de matrimonios, quince años y bautizos, pagándome unos cuantos pesos para mis gastos.

Mi padre, ranchero de corazón, no tardó en llevarme a las tareas del campo. No duré más de tres meses, porque el rancho ¡no era lo mío! Regresando a Comitán busqué un empleo. A los pocos días, conocí al gerente general de una compañía estadunidense denominada Experimental Plantation Inc. (filial de Merk Sharp in Dome), dedicada a la siembra de plantas medicinales: me contrató para trabajar en esa empresa como personal administrativo en la República de Guatemala, ya que ahí se encontraban varias fincas de la compañía.

Viajé al departamento de Suchitepequez, en la Ciudad de Chicacao, en donde se encontraban asentadas las oficinas centrales de la empresa. Un par de meses después, conocí a Erla Graciela Rosales Noriega, compañera de trabajo con quien contraje matrimonio civil procreando dos hijos: Luis Roberto y Carmen Guadalupe. Después de seis años de trabajo, regresé a Comitán, y trabajé tres años como empleado bancario en una sucursal Banamex.

Ahí conocí a unos amigos trabajadores de Pemex en los equipos de perforación, quienes me enrolaron mediante la Sección 36 del sindicato, con sede en Salina Cruz, Oaxaca. Estuve trabajando en los equipos de perforación en Palenque, San Cristóbal, Oxchuc y Trinitaria. Durante esos años de servicio fui nombrado representante sindical de la citada sección.

En el año de 1972 contraje matrimonio civil con Edith Ochoa Hernández, originaria de Jiquipilas, con residencia en Tuxtla Gutiérrez. Con ella procreamos tres hijos: Juan Carlos, Luis Alberto y Gabriela Guadalupe.

En 1977 nos mudamos de Comitán a Tuxtla Gutiérrez; en donde comencé trabajando en la agencia Volkswagen y en Seguros Monterrey.

Ya radicado en esa ciudad, tuve la oportunidad de encontrarme con otro compañero de mi grupo del Seminario, el profesor. Benigno Gómez Calymayor (+), quien fungía como director de la Preparatoria número 1 del Estado, quien me prometió ayudar para ingresar al magisterio con la finalidad de dar clases en esa escuela. Decliné la invitación, pero sembró en mí la inquietud de incorporarme al magisterio.

Magisterio

Por azares del destino, me topé con otros exseminaristas que ya eran catedráticos en el nivel medio superior. Jesús Aquino Juan, Guadalupe Méndez Toscano, José Antonio Morales y Lizandro Montesinos, me recomendaron con el C.P. Emilio Salazar Narváez, director de la Escuela de Técnicos en Contabilidad, para ejercer como profesor de literatura y economía. Pasé la prueba realizada bajo la supervisión del propio director, y me asignó medio tiempo de carga horaria en turno vespertino.

A su vez, Jesús Aquino Juan, director de la Escuela de Trabajo Social, me apoyó con otro medio tiempo, por lo que me quedé como catedrático de tiempo completo.

En los siguientes años revalidé los estudios de preparatoria e ingresé a la Universidad del Valle de Atemajac, ubicada en Guadalajara, que en ese entonces abrió un programa de estudios con la modalidad abierta. Terminé satisfactoriamente la Licenciatura en Filosofía el 30 de marzo de 1985, obteniendo el correspondiente Título y Cédula Profesional.

Con el título profesional, accedí a la categoría “C” en el nivel Medio Superior del Estado, homologado al Instituto Politécnico Nacional.

La escuela de Trabajo Social era una institución bivalente, pues los alumnos egresaban con el bachillerato y como técnicos en Trabajo Social, completamente aptos para trabajar. Ahí impartí las materias de economía, literatura, taller de lectura y redacción y ciencias de la tierra, así como asesorías de campo en diferentes comunidades del Estado.

Por disposiciones de las autoridades educativas, se eliminó la modalidad de Técnico en Trabajo Social, quedando únicamente el bachillerato, ahora denominado Escuela Preparatoria Número 5 del Estado, en donde ocupé durante siete años la Subdirección Administrativa y durante seis años la dirección de la escuela.

En el año de 2009 fui comisionado durante tres años para desempeñarme como representante de la Sección 40, ante la Junta Directiva del Instituto de Seguridad Social al Servicio de los Trabajadores del Estado de Chiapas (ISSSTECH). Apoyé en todo momento a los agremiados sindicales.

 Terminado este periodo, solicité un año sabático, previo a mi jubilación, tiempo que dediqué a la elaboración del libro “Enseñanza práctica de las etimologías grecolatinas”.En marzo de 2013 obtuve mi concesión de pensión por 34 años de servicio a la educación.

Actualmente estoy a punto de cumplir 50 años de casado con mi esposa Edith y tengo 11 maravillosos nietos. El tiempo lo dedico a mi familia y a los amigos y excompañeros de estudios para recordar los años mozos.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Jorge Antonio López Hernández. Vivencias de una historia jamás contada 1951-2020

Humberto Blanco Pedrero. La línea de mi vida.

Dardo Felipe Blanco Ricci. Un León Domesticado (11 de abril de 1939-23 de septiembre de 2020)